Durante varios años fui misionera, y recuerdo ese tiempo con mucho cariño: fue de gran crecimiento espiritual, de trabajo y vida comunitaria, de grandes amistades e inolvidables momentos compartidos.
En ese entonces se me dio por componer esta zamba, tratando de expresar lo que estaba viviendo. Se la dedico especialmente a todos los misioneros que se animan a dejar las comodidades de sus casas para lanzarse a esta aventura de transmitir el amor de Dios en los pueblos más alejados.